La boca del infierno

La leyenda que venden a los turistas habla de un hechicero de Cascais encaprichado de la mujer más bella del pueblo. Como el sentimiento no era correspondido, para evitar perderla, la encerró en un castillo muy cercano al lugar en el que, según afortunada expresión de Camoens, «la tierra termina y el mar comienza». O mía o de nadie; un clásico, en cualquiera de sus manifestaciones, de ese invento romano del derecho a la propiedad. Durante el confinamiento, nació un amor intenso entre ella y el centinela que la custodiaba, un simple operario del dueño. Tampoco tenían demasiado donde escoger en las solitarias estrecheces de una torre con vistas al Atlántico. 

Decididos a perseguir sus anhelos, planearon fugarse a caballo con la complicidad voluntaria de una noche de luna nueva. Al enterarse de sus intenciones, el hechicero, mediante un conjuro diabólico, ordenó que las rocas se abrieran al paso de los amantes, y los enviaran directos al infierno bajo un estruendo sobrecogedor.

Pese a su aparente plasticidad, el guion así descrito resulta hoy infumable. Por sexista y por tópico. La habitual farsa narrativa cocinada para manipular las conciencias infantiles. Nadie secuestra a quien ama. Nadie ama a quien secuestra. Y nadie, salvo los simpatizantes de los partidos políticos, puede considerar el cautiverio una herramienta eficaz de seducción. El afecto, el atractivo mutuo, la sensualidad nacen del libre albedrío y crecen viendo crecer al otro, nunca encerrándolo en un presidio.

Cada vez que escucho el rugido de un mar de mal humor en Boca do Inferno, comprendo la grandiosidad última del cuento. Alcanzo la certeza de que la mujer no era una miss de concurso, pero sí una tía inteligente con el carácter necesario para no dejarse avasallar por aquel gilipollas. El centinela, un buen tipo que escogió mal su oficio, como termina por sucedernos a todos, gracias a ese lavado de cerebro que convenimos en llamar educación. Al hechicero lo imagino un ilustrado hombre de ciencias, quizá un profesor de universidad, convencido de que un laboratorio es la coartada idónea para disfrazar los errores de aciertos. El usufructuario vitalicio de una verdad absoluta que el tiempo convierte en falacia efímera. Y el infierno, el denostado infierno, cuya boca asoma a unos cientos de metros del centro del Cascais, el espacio perfecto para gozar sin límites de una pasión eterna.

Renace entonces en mí el deseo proscrito de que la tierra se abra y consienta, al fin, el abrazo perpetuo de las olas atlánticas. 

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