Una simple historia de amor

Nos conocimos en pleno llanto. Vaya amantes de mierda, los dos llorando a lágrima viva y los dos por la misma causa: esa terrible sensación de abandono que, sabiendo o sin saber el porqué, a veces se adueña de nuestra alma. No lo pusiste fácil, sentías tanto miedo que me obligaste a perseguirte por mitad de la autovía. Ni tu hermana ni tú lo comprendisteis. Caminabas delante; ella siempre a tu espalda, confiada tras tus pasos. En una cercana sobremesa, una psicóloga de mi entorno me explicó las infinitas ventajas del abrazo. Según no sé que extraña tesis —no hago mucho caso a los alquimistas de la mente, transmite al otro toda la proximidad que el ser humano es capaz de regalar a un semejante. No debías conocer nada de esa ciencia porque respondiste a mi caricia con tentativa de mordisco en primer grado. Vaya fiera, como en las pelis guarras. La pareja soñada para una noche de lujuria y desenfreno. De inmediato me coloqué en tu sitio y aterrizó en mi mente el daño que habían debido provocarte para que reaccionases de ese modo ante el afecto.

Que terquedad y qué complicado se volvió convenceros. Os llevé a casa, os ofrecí lo que tengo: refugio, una ducha, comida y agua. En lo de la higiene tampoco insistí en exceso, parecía no agradaros y hace años aprendí de un proverbio Masai que hostigoso es lo opuesto a hospitalario. A los habitantes del inmueble, no les hizo demasiada gracia la llegada de nuevos inquilinos. No pasa nada, la vida me acostumbró a la supervivencia en entornos hostiles. Mi hija, la pobre, con la razón que regala el silencio, debía suponer que de tanto visitar lugares okupados no podía salir nada bueno, que la solidaridad tiene un límite y que su padre perdía el juicio por momentos, una especie de Alonso Quijano en versión perroflauta.

—Papá ya no cabemos y alguna vez acabaremos todos infectados de algo serio. No nos queda ni intimidad.

La primera noche dormisteis en el garaje, menos mal que hacía bueno. La finca se veía grande, pero todas las habitaciones poseían usufructuario y no era mi costumbre compartir cama con desconocidos. Tu hermana aguantó solo un par de días. Pese a la aparente debilidad, amaba demasiado su condición de libre como para permanecer por tiempo indefinido en casa de un cualquiera. Nos dejó. Los dos lo sentimos. Lloramos esta vez por un motivo compartido. De algún modo fue víctima de los peores diablos de esta desquiciada civilización nuestra: la prisa y los chismes con motor. Cuánto los odio. Debe ser cierto eso de que la desgracia une porque, sin causa que lo justificase, te miré y apareció en mi cabeza aquella frase de Gala: «en la vida caben muchos amores». Pese a la enorme diferencia de edad, comprendí que habías llegado a la mía para transformarte en uno de los más agradecidos.

Desde entonces consumimos juntos cada noche. Aunque la salud —más bien su carencia— me tenga limitado, sueño durante el día ese momento de llegar a casa y que a voces, desde la ventana de nuestro cuarto, me grites que me quieres, que me he vuelto una parte de ti y que tu vida sería un blanco y negro sin contraste si no nos hubiéramos encontrado. Me encanta cuando nos acariciamos en la intimidad y me lames con esa pausa tan tuya. Disfruto cuidándote, sirviéndote; preparando para ti, para nosotros, esa cena que devoramos juntos cuando el sol se esconde. Cada cual la suya que en esos menesteres no practicamos los mismos gustos. Decidí en su día no ingerir animales y ni puedo ni quiero imponerte mis convicciones. Naciste libre y así debes continuar. Me gusta hacer tu cama y ni siquiera me desagrada en exceso limpiar los baños. Alcanzo el éxtasis si nos miramos para decirnos que cuatro ojos ven lo mismo que dos, pero mucho más bonito. Se detiene el tiempo cuando te duermes a mi lado y emites esos leves ronquidos de placer que no molestan; que suenan al piano de Liszt, de Mertens o de Eianudi. Los años me enseñaron a aceptar a la gente como es, no pretendo cambiarte. Pero a veces, solo a veces, se me escapa un lamento que pronto se arrepiente: «¡qué pena que seas un gato!».

(Publicado originalmente en Heterodoxia el 23 de noviembre de 2013).

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