Photoshop

Primero ajustamos el balance de blancos; luego la exposición. Proseguimos esculpiendo a nuestro gusto las luces y las sombras. No hay reglas fijas, todo queda a criterio personal del artista. También de la intención última de la escena. El filtro claridad, combinado con la herramienta pinceles, permite definir los contrastes o matizar las impurezas en función de lo conveniente en cada zona. En caso de necesidad, hasta podemos dividir las frecuencias para trabajar por separado el color y la textura. Más tarde, estilizamos los cuerpos, los recortamos y escogemos un fondo adecuado. Tras acoplar las capas, el corrector puntual y una utilidad denominada «rellenar según contenido» alcanzan la perfección. Solo resta enfocar para dotar a la toma del mayor realismo.

Instrumentos de selección, máscaras rápidas y diversos desenfoques impiden que se aprecien los bordes. Listo con unos cuantos golpes de ratón. Se llama Photoshop; el programa idóneo para el montaje o para transformar en evidente lo inverosímil sin que nadie se muestre capaz de distinguirlo. Imprescindible en fotografía, en prensa, en política, en «ciencia» económica y hasta en el deporte. Ideal para compartir en redes sociales. La certeza a la carta. Salvo la verdad, cualquier cosa sirve al Estado virtual. Sustituimos los libros por filosofías de doscientos cuarenta caracteres. El infeliz mundo feliz de Huxley.

(Imagen: acuarela digital a partir de fotografía)

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