Antónimos perfectos

Tú, madridista radical. Yo, atlético profundo.

Tú, rutinario hasta el agotamiento. Yo, incapaz de repetir un rito.

Tú, de derechas de toda la vida. Yo, un antitodo convencido.

Tú, católico de los de verdad. Yo, incrédulo hasta de mí mismo.

Tú, español muy español. Yo no nací en ningún sitio.

Tú, vencedor de la guerra a la edad; cumplidos los noventa, pareces un crío. Yo, a mis cincuenta y seis, ya aparento quince más.

Tú, con esa calma que tanto desespera. Yo, siempre cargado de prisa irritante.

Tú, taurino. Yo, el enemigo.

Tú, entusiasta de lo militar. Yo, incompatible.

Tú, amante de toda tradición. Yo, partidario de su exterminio.

Tú, incondicional de la familia. Yo, alérgico, como a todo lo que no elegimos.

Tú, Jacinto Benavente. Yo, Fernando Arrabal.

Tú, siempre atento a los precios. Yo, aspirante a la prodigalidad.

Tú, no te pierdes un entierro. Yo me esfuerzo en quedar mal.

Tú, el pequeño de tres. Yo, hijo exclusivo.

Tú te abochornas de mis defectos. Yo, de lo que el resto llamáis virtudes.

Mientras afirmo que no podría vivir sin música, para ti es el más desagradable de todos los ruidos…

Al estilo de lo último de Rosenvinge: Cómo no voy a entenderte… si es mi misma soledad.

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